Entrevistas

Lautaro Vilo: «Verlo ensayar a Alcón era lo más extraordinario de todo»

Lautaro Vilo es dramaturgo, director, actor, guionista, traductor y maestro de dramaturgia. El 14 de mayo regresa con «El bien», un unipersonal escrito y dirigido por él con la actuación de Verónica Pelaccini. Charlamos con Lautaro antes del reestreno que se dará en el Espacio Callejón los domingos a las 17 horas.

Texto: Muriel Mahdjoubian Rebori. Fotos: gentileza prensa.

Autor de una gran variedad de obras estrenadas en Argentina y en el exterior, entre ellas Un acto de comunión, 23.344, La tumba del niño moral, Escandinavia y Cosmos, como actor Lautaro Vilo participó en más de veinte montajes y trabajó junto a Alfredo Alcón en Enrique IV y Rey Lear. El 14 de mayo reestrena El bien, un unipersonal escrito y dirigido por él con la actuación de Verónica Pelaccini. Las funciones serán los domingos a las 17 en el Espacio Callejón. Guadalupe, una agente inmobiliaria, desatiende su trabajo y las dificultades cotidianas para acompañar a una amiga a una clase sobre arte. En el café posterior, le cuenta a esta amiga un problema que la atormenta: una herencia familiar a resolver. Su amiga le ofrece una ayuda tan inusual como inesperada. Por otra parte, Vilo hace un tiempo está a cargo de Bargoglio, un club de música que está ubicado en el Barrio de Flores, en donde se realizan espectáculos de música con artistas como Néstor Marconi, Juan Falú, Luis Salinas, Oscar Giunta Trío, Hugo Rivas, María Graña, Adriana Varela, Yamile Burich, Juan Pablo Navarro, Sandra Luna, Marian Farías Gómez, Rodolfo Mederos, entre otros

-¿Cómo surgió “El Bien”?
-La obra surgió a partir del deseo de trabajar juntos, del entusiasmo de Verónica Pelaccini de hacer un unipersonal, de mis ganas de dirigirla y verla desplegar un montón de facetas que tiene como actriz, que es magnífica. La idea del relato era que trate sobre una infidelidad, surgió a partir de nuestra relación. A partir de ahí, empecé a escribirla y a sumar elementos que tenían que ver con la crianza de los hijos, con la convivencia con los padres y madres de la escuela, una mistificación, en tanto construcción de un relato, a partir de la vida real fue el caldo de escritura. En el 2021 la presentamos en un festival en Tierra del Fuego y eso ya nos permitió testear el material y cuando volvimos montamos esta versión definitiva en unos cinco meses de trabajo.

-¿Cuáles son los proyectos a futuro?
-En este momento tengo un montón de cosas. Por un lado, estoy trabajando en la traducción y la versión, junto a Rubén Szuchmacher, de un clásico isabelino Doctor Fausto de Christopher Marlowe, para un montaje que va a dirigir él en el 2023. También, estoy armando un unipersonal a partir de una pieza de Shakespeare, en donde voy a actuar. Continúo con la escritura de una obra de varios actores sobre narcotráfico y viajes de jubilados. Además de mi trabajo en teatro tengo Bargoglio, un club de música para el cual empecé a diseñar una serie de espectáculos que se estrenarán ahí.

-¿Cómo te encontrás en el rol de programador de Bargoglio?
-¡Con tesón! (Risas) Es un club de música muy acogedor, que llevamos adelante junto a tres socios de lujo. Es una linda casona antigua remodelada, en donde desde el principio apostamos por la calidad de las propuestas y por ofrecer una buena gastronomía en un barrio como Flores, que hasta ese momento no tenía una opción de estas características. Presentamos una programación de tango, jazz y folklore que nos enorgullece: pasaron muchos de los más grandes referentes de esos géneros en el país. El trabajo de programador me permitió contactarme con una cantidad de músicos de gran calidad y ahora, estoy empezando a diseñar junto a ellos una serie de espectáculos. Para el año que viene estamos armando una programación que será aún más singular y específica del bar. Lo que perseguimos es que el lugar tenga una línea editorial que lo distinga, con espectáculos que sólo acontezcan en nuestro lugar. Si lo puedo llevar adelante, el rol de programador va a ser aún más placentero y estimulante.

-Volviendo al teatro, ¿cómo es la tarea de traducir y adaptar una obra?
-Es un trabajo muy hermoso, en donde se mezcla el diccionario, un poco de filología, y sobre todo, una constante reflexión sobre cómo se construye un espectáculo; en tanto uno está trabajando sobre un texto que a la vez, es el rastro, la reconstrucción, el índice, de un espectáculo que alguna vez se hizo. Ese detalle no es menor, siempre está dando vueltas en el trabajo cómo fue éste espectáculo cuando se estrenó. Porque hubo un momento en que un público no conocía Hamlet y fue a verla por primera vez. Entonces, siempre estás pensando en las palabras y su performatividad primera, pero no por el intento de reconstruir cómo fue ese momento, no estamos tratando de hacer arqueología, lo que se trata de descubrir son los motivos de narrador que están en sus obras, porqué lo hacía tal autor de esa manera, qué decisiones corresponden a su voluntad poética, cuáles a resolver aspectos que tenían que ver con el sistema teatral para el que está escribiendo. Todo eso para tomar decisiones que den cuenta del texto original y a la vez, puedan ser eficaces en una escena como la nuestra.

-¿Qué obra te gustaría traducir?
-Hasta ahora trabajé en la traducción de obras isabelinas, más algunas versiones de textos del siglo XIX y XX, me gustaría traducir autores contemporáneos, aunque trabajando con el inglés, esa posibilidad se complica por los pocos estrenos con producción que se hacen de autores contemporáneos angloparlantes y por otro, porque los representantes locales de dichos autores obturan la posibilidad.

-¿Cómo fue tu experiencia de haber trabajado junto Alfredo Alcón?
-Trabajé con él como actor en Enrique IV de Pirandello y como traductor/versionador en Rey Lear. De Alfredo te sorprendían un montón de cosas, tenía un conocimiento teatral muy profundo y a la vez nada rebuscado. Verlo ensayar en el comienzo del proceso para mí era lo más extraordinario de todo, porque probaba un montón de cosas, tomaba esos ensayo como un verdadero campo de investigación, y siempre le daba al ensayo la seriedad que tenía que tener, no se relajaba en su gloria.

-¿Alguna anécdota con Alcón?
-El primer encuentro que tuvimos de Enrique IV, cuando leímos la obra, lo primero que sentí al escucharlo leer a él, a Helena Tasisto, Osvaldo Bonet, Horacio Peña y Roberto Castro, fue pánico. Había que ponerse a la altura rápido, estos tipos leían de una manera que la sensación era que la obra estaba muy cerca. No llegaban crudos a ensayar, había un estudio importante de la pieza y del personaje previo al primer ensayo grupal. Alfredo no sólo se sabía la letra, la comprendía en su sentido y en su forma en el primer ensayo, eso le permitía probar cosas rápidamente, experimentar con riesgo toda esa primera parte del proceso de trabajo. El solía repetir, a modo de chiste, la frase “a letra sabida no hay mal actor”, pero claro, para él saber la letra no
era sólo saber qué palabra venía luego, era un conocimiento profundo del material. Para estar en esos sistemas de producción en los que trabajaba, muy inmersivos, de dos, a lo sumo tres meses de ensayo y luego estrenar con textos complejos, no hay otra manera.

-¿Podés vivir del teatro?
-No, pero lo intento.

-¿Cuáles son los libros que están en tu mesita de luz en este momento?
En este momento, tengo tres: un libro de cuentos de Stanislaw Lem, “Máscara”, un ensayo de Mark Fisher que se llama “Lo raro y lo espeluznante” y la autobiografía de Chaplin, que es un género que me encanta.

«El bien» de Lautaro Vilo, con actuación de Verónica Pelaccini, se presentará los domingos a las 17 horas en Espacio Callejón, Humahuaca 3759. Entradas en venta por Alternativa Teatral.

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