Entrevistas

Guillermo Arengo: «Uno siempre está tanteando, nunca la tenés clara»

En «El cuento de Beto» que se presenta en el Callejón, el actor retoma su faceta como autor y director, además de compartir trabajo con su hija Adela, quien compuso la música para la obra.

Texto: Sandra Commisso. Fotos: Gentileza Prensa.

Un padre, un hijo, y un encuentro cargado de expectativas que no se cumplen. En El cuento de Beto, el actor Guillermo Arengo retoma su trabajo como autor y director e imagina a estos dos seres, alejados entre sí durante año, nuevamente cara a cara. Sin embargo, la desilusión que ambos experimentan parece encontrar cierta esperanza en unos cuadernos escritos hace años por el hijo y descubiertos casualmente por el padre. Son cuentos escritos durante los diez largos años de exilio serrano por Beto que entusiasman a su padre, quizás, por demás. Actúan Guillermo Aragonés, Hernán Melazzi y Rocío Peralta.

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-¿Cómo surgió la idea de la obra?
-La empecé a escribir hace varios años y no recuerdo cuál fue esa idea inicial. En general escribo varias páginas sin saber bien qué estoy escribiendo porque me atrae esa forma, para evitar temas conscientes o muy definidos. Después de la página diez empiezo a hacerme cargo de lo que está ahí y trabajo sobre alguno de los hilos que más me interesan argumentalmente y voy tirando de ahí. A El sueño de Beto después la seguí en una segunda etapa ya pensando en estrenarla donde tenía el cuento que se lee en mitad de la obra que me sirvió para envolver entre dos actos, con formato dramatúrgico, ese cuento. Era algo que me daban ganas de probar.

-El sueño de Beto se enfoca en varios temas: la relación padre/hijo; la inspiración y la creación; los recuerdos y los temas pendientes que todos tenemos. ¿Hay alguno de esos ítems con los que te identifiques más en este momento?
-Los temas son varios, sí. Yo destacaría además, algunos otros que fueron regidores desde el inicio y que se potenciaron en los ensayos: la decepción como tema; la impotencia. Me interesaba el encuentro de estos hombres, más allá de la relación paterno filial que tienen, pero no quería caer en esto de las familias disfuncionales, sobre lo que ya he escrito y que está tan visto. Así que me enfoqué más en que el padre cargaba con la decepción y el hijo, con la impotencia. Son dos temas muy presentes en la actualidad social. Y también, la posible salida de esos estados que tienen que ver la imaginación, ver si es posible salir de la decepción y la impotencia imaginando. Otro elemento que veo bastante centrado en lo social, ausente en realidad, es que esto de poder imaginar está bastante deprimido.

-Con una carrera consolidada como actor, ¿cómo fue sumar nuevas facetas como dramaturgo y como director?
-Mi trabajo como actor está sostenido hace muchos años pero como dramaturgo y director tengo cosas hechas, algunas estrenadas, aunque es verdad que hace muchos años que no lo hacía. Un poco porque no tenía ganas y en otros momentos, el devenir actoral no me lo permitía. En los últimos años necesitaba volver a escribir y dirigir, ese tandem que es una manera de expresión aunque también me interesa dirigir textos de otros autores. Siempre me interesó mucho la escritura y la dirección, desde muy chico. Y me gusta seguir haciéndolo porque son territorios donde no estoy consolidado. Uno siempre está tanteando, nunca la tenés clara. Pero como suele pasar, siempre hay algo que pasa más adelante y en mi caso fue la actuación que se transformó en un modo de vida. Siempre está esa tensión de tener que hacer trabajos por dinero porque tenés que criar a tu hija y no sabés qué va a venir después. Y también seguir consolidándote porque como actor tampoco me siento del todo consolidado porque está visto que lo uno pretende sobre la totalidad y la seguridad, no existen.

-En la obra colabora tu hija Adela, como autora de la música, ¿cómo fue el vínculo laboral entre ambos?
-Cuando empezamos a armar el equipo de escenografía, vestuario, luces, elenco, le propuse a Adela si quería hacer la música y ella se entusiasmó muchísimo. Ella tiene 18 años y está estudiando en la EMPA, la escuela popular de música de Avellaneda, hace varios años, batería, bajo. Participó de las lecturas de la obra y se encerró un par de meses con el piano y se puso a componer lo que se escucha en la obra. Laburó un montón y la dejé, no quise intervenir. Me gustó mucho y sobre todo no me imaginaba una sonoridad y melodía de ese tipo y cuando la probamos en escena con sus atmósferas armaba algo muy bueno. Todo fluyó naturalmente.

-¿Qué otros proyectos tenés para este año?
-Estoy ensayando para La cena de los tontos, con Mike Amigorena y Martín Bossi, en una producción que ya se hizo en la década de 1990 con Adrián Suar y Guillermo Francella y ahora se va a estrenar en El Nacional. Es una comedia con un buen timing que requiere de mucha sensibilidad para bailar ese ritmo y que funcione bien. Además estoy escribiendo una obra nueva para estrenar el año que viene.

-¿Cómo ves la situación del teatro argentino en este momento del país?
-Qué difícil esa pregunta pero a la vez no es tan difícil. Me refiero en realidad a que uno está dentro. entonces cuesta elevarse sobre el plano para hacer un análisis más general, con cierta distancia. En principio pienso en algunas obras muy recientes como Sombras, por supuesto, de Romina Paula: Ha muerto un puto, de Gustavo Tarrío, Bailarinas incendiadas de Mariana Chaud y Alejo Moguillansky y, Lorca, el teatro bajo la arena, de Mariano Llinás y Laura Paredes, entre lo último que vi y que me gustaron mucho y hacía tiempo que no veía algo que no me impactara tanto, sobre todo después de ver tanto, cuesta tener la mirada vital, casi virgen. Son materiales del teatro independiente muy interesantes. Me viene a la cabeza también La fuerza de la gravedad de Martín Flores Cárdenas que me gustó mucho. Con este repaso, creo que hay algo que viene bien, pero son artistas que vienen trabajando hace mucho. No estoy viendo tanto la renovación generacional, tendría que ver más de ese material. Esa es la parte difícil de la respuesta, en términos de tratar de ser justo con la mirada. Ya en términos políticos, el estado del teatro es lamentable, sobre todo de los teatros oficiales. No hablo de los artistas sino de las gestiones, un nivel de estupidez que tiene que ver con un 56 por ciento que puso en la administración del país en no se sabe muy bien qué son, si neofascistas o qué. Es algo muy triste. En cuanto al teatro comercial, en términos laborales, hay bastante producción, sobre todo porque es muy poco lo audiovisual que se está haciendo. Pero la verdad es que sigue siendo un panorama muy difícil.

El cuento de Beto tiene funciones los miércoles a las 20.30 en Espacio Callejón, Humahuaca 3759. Entradas por la web del teatro.

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