Entrevistas

Ingrid Pelicori: «El trabajo del actor es muy azaroso y puede ser frustrante»

El grupo que lleva adelante «La débil mental» es, predominantemente, femenino. Ingrid Pelicori y Claudia Cantero son las protagonistas de la obra basada en la novela de Ariana Harwicz, con dirección de Carmen Baliero y la adaptación la realizaron Cristina Banegas y las actrices.

Texto: Muriel Mahdjoubian. Fotos: Alejandra López.

La historia expone la intrincada relación entre una madre y su hija. Dos seres inestables, exaltados, simbióticos, que habitan una casa en decadencia y que llevan una vida monótona. La obra gira en torno al deseo femenino, los mandatos, la maternidad no deseada, la relación destructiva madre-hija, y la pesadilla del “amor romántico”.

“Cristina fue la de la idea original y ella nos convocó. Fue un proceso muy largo y con muchas interferencias, pero al mismo tiempo acumulamos varias capas al trabajo y hoy se refleja en el escenario», cuenta Ingrid Pelicori. «Estamos muy contentas por cómo funciona la obra, por cómo se interesa el público, por la devolución que nos dan y por los aplausos que recibimos cada función, son muy intensos y gratificantes. Fue un proceso extenso porque este era un proyecto previo a la pandemia. Luego vino el aislamiento y tuvimos que hacer vía zoom toda la dramaturgia, las tres juntas”.

Pelicori, además, está por comenzar la gira con otra obra, Cae la noche tropical, versión escénica de Santiago Loza y Pablo Messiez de la novela de Manuel Puig, donde comparte elenco con Leonor Manso y Carolina Tejeda.

Es escena junto a Claudia Cantero.

¿Cómo fue el proceso de adaptar la novela de Ariana Harwicz al teatro?
-Hicimos varios borradores, que después sufrieron transformaciones a medida que le poníamos el cuerpo. Siempre hay que hacer una selección, pero queríamos, como en toda traslación al teatro, preservar la historia. También aspirábamos a hacerle honor al lenguaje, el que usamos en la versión es todo de Ariana. Es una novela muy dialogada y el problema eran las partes más narrativas, por ejemplo, cómo resolver lo que no podía estar en escena.

-¿Cómo ves el lugar que ocupan hoy las mujeres en el teatro en relación a tus comienzos?
-A mí, por suerte, muy tempranamente me tocó trabajar con directoras mujeres como Laura Yusem, Inda Ledesma, Beatriz Matar y Alejandra Boero, pero la verdad es que ahora hay muchísimas más y sobre todo escenógrafas, iluminadoras y productoras. Por supuesto, que noto una diferencia y un empoderamiento en relación al teatro. Antes, las directoras mujeres eran una excepción. El rol de director era más generalizado para los hombres y ni que hablar de iluminadores, todos esos roles eran más masculinos.

Durante mucho tiempo formaste parte del elenco estable del Teatro San Martín, ¿Cómo era esa experiencia?
-Me gustaba muchísimo. Soy la defensora de los elencos estables porque me parece que permiten una profundización en el trabajo y un código común. Cuando vienen acá los elencos de Ariane Mnouchkine o de Peter Brook nos asombramos de lo que hacen porque son compañías que trabajan juntas muchísimo. Ni el teatro comercial ni el independiente pueden hacer esto porque tienen otros objetivos, solo el teatro público puede sostener compañías. Buenos Aires siempre se ha mostrado muy orgullosa de su teatro, pero el que se quiere dedicar a las artes escénicas no sabe qué hacer, no hay dónde ir. Hasta el cantante lírico tiene la expectativa del Teatro Colón, pero el actor ¿adónde va? 

«La débil mental» se presenta en Área 623.

¿Deberían volver los elencos estables?
-Hay que encontrar la manera de que haya varios elencos estables porque así es muy inviable la profesión para los que empiezan. Los proyectos independientes están muy bien, pero para mucha gente se vuelve muy cansador porque es poner, poner y poner y siempre empezar de nuevo. Tenemos un tesoro que no se lo cuida, no se lo ampara, no se lo resguarda. Un elenco estable permite el intercambio generacional. 

Ese fue tu caso, ¿no es así?
-Para mí fue muy importante trabajar con actores de tanta experiencia siendo muy joven. Fue un gran aprendizaje verlos arriba del escenario y su actitud frente a la profesión. Es algo que se transmite de generación en generación, es como pasarse la antorcha allá arriba, pisando el escenario y eso lo permite un elenco estable, en donde hay muchas generaciones mezcladas.

Viniendo de una familia de actores, tus padres, Ernesto Bianco e Iris Alonso y tu hermana Irina Alonso, ¿siempre supiste que serías actriz?
-No, no creía para nada que iba a ser actriz. Yo era más bien una chica, tímida, estudiosa, buena alumna, iba más por el lado del escritorio, que por el de escenario. Empecé a tomar clases por una prima mía, Ángeles Alonso, que siempre decía que quería ser actriz. Mi familia mucho no quería que yo fuera actriz, obvio que no se iban a oponer porque eran todos actores. Se sabe que el trabajo del actor es muy azaroso y puede ser frustrante. Yo hice toda la facultad de Psicología, a mí me gusta mucho estudiar. Mientras trabajaba como actriz, hice toda la facultad y después cuando me recibí me planteé realmente a qué dedicarme.

Irina Alonso e Ingrid Pelicori en la obra homenaje a Ernesto Bianco.

¿Cómo lo decidiste?
-En el año 1984 di la última materia y en 1985 me fui a vivir a Francia, me había ido con mi pareja de aquel momento y yo trabajaba ayudando a un amigo en un hospital de psicóticos, haciendo improvisaciones. Era una mezcla de actriz y psicóloga. Creo que el estar a distancia y también estar lejos de todo condicionamiento familiar me hizo hacer el famoso “clic”, y ya cuando volví tuve mucha paz vocacional.

Contanos cómo te preparás frente a un nuevo personaje.
-Intento ir cada vez más vacía, lo cual es bastante difícil porque son muchos años de dedicarme a esto. Trato de ir al encuentro concreto entre las personas que forman parte, el material, el texto, y el director. A partir de ahí, veo qué se construye con todo ese encuentro. Y por supuesto, lo que yo traigo como bagaje de actriz y de vida. Y todo de a poco, porque el teatro se hace de a poco, no es como la televisión. Se amasa algo que es colectivo, que es grupal y surge del encuentro de personas, y ahí si se acude a toda la experiencia de uno. No me interesa trabajar siempre del mismo modo. Me gusta cada vez más encontrar el método para cada material, para cada grupo, y me encanta ser dirigida. Me interesa que la dirección proponga algo, que tenga un concepto. Si todo es posible, nada es posible. Me interesa ver qué pide cada material y no uno imponer su modo. Eso es para mí lo más rico porque siempre me gusta que cada personaje me revele algo nuevo.

¿Tenés alguna anécdota teatral que te haya quedado en la memoria?
-Hace cuarenta y cuatro años que actúo, hay varias. Recuerdo una obra que hacíamos en el teatro San Martín con Horacio Roca, Decadencia, de Steven Berkoff, que hablaba de la obscenidad de los ricos y había mucha gente que se iba horrorizada, y una vez una señora, muy mayor, me dejó una carta. Y me escribió que ella había visto a mi padre y que lo consideraba un actor muy fino y me pedía por favor, que honrara a mi padre muerto, ya que tenía méritos para hacerlo.

Junto a Leonor Manso en «Cae la noche tropical».

¿Cómo era tu vínculo con tu papá y el teatro?
-Mi papá murió cuando yo tenía veinte años y todavía no había estrenado ninguna obra. Yo estaba ensayando la primera obra que hice cuando él murió. Fue el 2 de octubre de 1977 y mi debut en el teatro fue en enero del 78. Él, por un lado, no alentaba mucho que yo fuera actriz pero, por otro lado, eran todos actores en mi familia. Él quería que me fuera bien y nada más, pero no me pudo ver. Yo si lo vi trabajar mucho, pude mamar algo de todo eso. Incluso una manera de hacer teatro de esa generación, una relación con la palabra, con la voz, que después las generaciones siguientes tuvieron otras cosas. Me hubiera encantado compartir más cosas de trabajo con mi papá.

Trabajás con autores clásicos y también con contemporáneos, ¿qué preferís?
-Me encanta hacer obras de autores contemporáneos, tuve la suerte de trabajar con Mariano Tenconi Blanco, Diego Manso y Mariano Saba. Son autores y directores súper interesantes. Me parece importante estar en contacto con el teatro que se hace hoy y con los más jóvenes. Siempre quiero saber qué tipo de propuestas hacen, qué estéticas, qué lenguajes y también me gusta mucho que me dirigían directores jóvenes, para ver que otras miradas traen.

¿Cuáles son los libros que tenés en tu mesa de luz?
-Me gustan mucho los libros de teoría teatral, también leo literatura y bastante poesía. Ahora terminé, La esposa joven, de Alessandro Baricco, también De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, que es un ensayo. Y después estoy leyendo Teatro absoluto, de José Luis Arce.

La débil mental se presenta en Área 623, Pasco 623, los martes a las 20. Entradas por Eventbrite.

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