Detrás de escena

Mora Monteleone: «En esa sensación de que la guerra no es parte de nosotros encontré una potencia que me interesó»

Mora Monteleone es la autora y directora de «La noche dos veces», una obra teatral que estrena el 4 de febrero en Espacio Callejón. La pieza interpretada por Yanina Gruden, Nahuel Monasterio, Martina Zalazar, Federico Pezet y Rosa Rivoira explora la atmósfera silenciosa de la guerra de Malvinas en situaciones y personajes en principio ajenos al conflicto bélico. En esta columna nos cuenta, en primera persona, cómo fue el proceso hasta llegar al estreno.

Los disparadores que me llevaron a escribir La noche dos veces fueron muchos, pero creo que la imagen de un grupo de chicos volviendo de una fiesta mientras el país entraba en guerra fue la que me decidió a escribir la obra. Digo decidió porque me ofrecía la condensación de fervor y peligro, el clima de confusión que necesitaba para una historia que yo tenía en la mente, la historia de una mentira sostenida por muchos años. Esa mentira empezaba esa noche, entre esos chicos, y estallaba diez años después, con toda la fuerza de una guerra que parecía olvidada.

La obra pasa en dos noches separadas por diez años que avanzan en simultáneo, como en un thriller o un juego de espejos. Una es en abril de 1982 y otra en 1992. La atmósfera es la de la Guerra de Malvinas, pero toda la acción pasa en una casa en las afueras de Buenos Aires, entre personajes que no se sienten relacionados al conflicto bélico. Esa presencia de la atmósfera de la guerra sobre un universo íntimo y hasta alegre que intenta ignorarla fue la primera idea de la obra. Es una situación que siempre me resultó cautivante en la literatura norteamericana o europea de posguerra (de su posguerra), especialmente en los cuentos de J.D. Salinger. Probablemente su literatura haya sido el primer disparador. Sobre todo un cuento que pasaba en un Estados Unidos de posguerra, dos mujeres adultas, que habían ido juntas a la facultad, conversaban sentadas en el piso de una casa, tomando alcohol hasta la madrugada. Se notaba que habían sido dos chicas muy inteligentes y divertidas, y que se esforzaban por seguir siéndolo, aunque ahora algo imposibilitaba la felicidad. Ese algo tenía que ver con la guerra, con las expectativas de vida que la guerra se había llevado consigo. Esa guerra en el cuento apenas aparecía nombrada. Sin embargo, ahí estaba, condicionándolo todo.

En Argentina no tenemos ficciones así, pensé, donde el aire bélico se extiende a años posteriores y a escenarios domésticos, fisurando historias de personajes de todo tipo, como un temblor subterráneo en los escenarios de los vivos. La mayoría de las obras argentinas sobre la guerra son sobre la guerra en sí, el escenario son las islas, los personajes son soldados. No hay Guerra fuera de ese lugar y de ese tiempo. Como si fuera algo que solo le sucedió a ese grupo de chicos. Algo a lo que el resto de los argentinos se asoma, en todo caso, desde afuera: con cierta atención, pero sin sentirse involucrado. En esa relación de ajenidad, esa sensación de que la guerra no es parte de nosotros, encontré una metáfora y una potencia dramática que me interesaban.

Como decía anteriormente, la obra pasa en dos noches separadas por diez años, una en 1982 cuando cuatro chicos vuelven de una fiesta mientras el país entra en guerra, y otra en 1992, cuando dos chicas de ese grupo se reencuentran tras diez años de no hablarse. Ambas noches, que suceden en la misma casa, avanzan en simultáneo. El dispositivo escénico se construye en esa coexistencia de situaciones. La propuesta estética intenta evocar ese cruce entre las líneas temporales, esa tensión entre lo que se ilumina y lo que se oculta. La estética juega con los conceptos de nitidez y transparencia. Con Micaela Sleigh, la escenógrafa, nos propusimos también la imagen de laberinto, de rompecabezas. Buscamos belleza en la sensación perturbadora de ese cruce entre la intimidad y un exterior amenazante, que es cada vez más interior, y que rige el carácter policial de la pieza.

Hace unos años leí un libro que me impactó mucho: Los chicos de la guerra, de Daniel Kon, son entrevistas a los sobrevivientes, cuando apenas habían vuelto de la guerra. Es decir, están hablando en junio de 1982, son chicos de efectivamente 19 y 20 años, que hace solo una semana volvieron a la vida después de meses de frío, hambre, bombas, miedo a la muerte. Acaban de llegar. No puedo decir que tenga una relación personal con la guerra de Malvinas, sí puedo decir que me preocupa el lugar que tuvo en nuestra historia nacional. O, mejor dicho, el que no tuvo. La zona de marginalidad que se le otorgó a sus protagonistas. El hecho de que Argentina no haya tenido posguerra: la Guerra de Malvinas protagonizó la vida nacional durante tres meses, los programas de televisión se llenaron de discursos promotores y triunfalistas; y el 18 de junio de 1982, cuando miles de chicos de diecinueve años volvían como prisioneros en el buque inglés, y otros yacían anónimamente sepultados en las islas, esos mismos programas hablaron sobre la selección de fútbol y la lotería. Y así los días que siguieron.

Creo que hay algo peor que mandar a un montón de chicos sin preparación, ni equipamiento ni organización a una guerra contra Inglaterra, y es encima a su regreso negarles el reconocimiento de héroes que merecen. Chicos que viajaron a las islas impulsados por la narrativa heróica del Estado, el mismo que los hizo volver a oscuras, escondidos hasta la humillación ante un país por el cual habían arriesgado sus vidas. En mi obra no hay ex combatientes, entre otras cosas porque yo no puedo imaginar la guerra. Creo que sí puedo imaginar lo que una construcción irresponsable de un relato, lo que una manipulación de la verdad semejante puede hacer sobre la mente de alguien. Y eso sí es parte de la obra.

En esta obra no trabajé con proyecciones, como venía haciendo en proyectos anteriores. No era necesario, las dos líneas temporales conviviendo en escena funcionaban como una proyección física, si se quiere, y simultánea. Las escenas se entrecruzan develándose una a la otra, como un juego de espejos. El otro elemento en escena es un teclado: uno de los personajes es pianista, y el actor que lo interpreta toca en vivo.

La noche dos veces, desde el 4 de febrero los miércoles a las 20.30 horas. Localidades disponibles en Alternativa Teatral.

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