El reconocido actor repasa sus trabajos teatrales más recientes en «La gran ilusión» en el CTBA, en el unipersonal «Los Pájaros» y en la exitosa película «Puan».
Texto: Maxi Curcio. Fotos: Carlos Furman y Valeria Fiorini.
Intérprete de innumerables trabajos, Marcelo Subiotto brinda detalles acerca del atractivo personaje que compone en La gran ilusión, la adaptación de La gran magia de Eduardo De Filippo realizada y dirigida por Lluis Pasqual, que protagoniza en el Teatro San Martín, con funciones hasta diciembre. Además, nos comparte su mirada sobre el valor de lo poético en su reciente unipersonal Los Pájaros, y repasa el fenómeno cinematográfico de Puan y sus repercusiones.
-¿Cómo describirías al interesantísimo personaje que componés en La gran ilusióní?
-Otto Marvugglia es un personaje muy rico de la obra de De Filippo. Es un talentoso fabulador, que vive en una delgada línea entre ficción y realidad, y en esa frontera está su vida. Me gusta pensarlo como un gran sofista, aquellos expertos en retórica de la Antigua Grecia, a los que Platón combatía porque decía que no se ocupaban de la verdad, y que eran capaces de, a partir de su argumentación, convencerte de que lo negro era blanco.

-Quién mejor que un mago para hacernos cuestionar aquella noción que tenemos de realidad. ¿De qué modo cuestiona la obra los límites entre lo real y lo ficticio?
-Creo que la obra aprovecha una anécdota para jugar con el concepto que nos define lo real. ¿Qué es lo real? ¿Lo que vemos o lo que nombramos de aquello que vemos?. Y a partir de esa noción de lo real que adoptamos, aparece la pregunta de quiénes somos nosotros.
-Uno de los elementos singulares de la obra es la ruptura de la cuarta pared. ¿Cómo evaluás la importancia de la participación del público en el juego teatral que se pone en marcha?
-La obra fue escrita en 1948, y para esa época el concepto de la cuarta pared en el teatro era todavía una convención muy presente. Por lo tanto, hay una decisión muy rupturista en jugar con esa convención. Hay una dinámica interesante donde el público juega diferentes roles; por momentos un rol pasivo de quien es espectador de la obra, y por otro, un rol activo de público como personaje, que interactúa con los actores.
-En marzo reestrenaste “Los Pájaros”. ¿Qué representó para vos llevarlo a cabo en El Teatro del Pueblo?
-Fue una experiencia muy hermosa, ya que fue hacer una obra muy especial para mí, en una sala que fue en otro momento Puerta Roja, sala de teatro independiente que fundé con Adrián Canale, y que estuvo activa entre el 2002 y 2014.

-La pieza se construye a partir de los pensamientos de Aldo, tu personaje, ligando el recorrido en la ruta y con el trayecto migratorio de las aves. ¿Qué valor cobra lo poético dentro de la estructura narrativa?¹
-Lo poético siempre tiene la posibilidad de desplegar muchas capas de significación a partir del discurso que una obra se propone abordar. Actoralmente siempre es un gran desafío encontrar cuál es el cuerpo poético a crear para que dialogue de manera clara con ese texto; para llegar a constituir una unidad, una potencia poética capaz de conmover al espectador.
-Con gran sensibilidad y profundidad, la obra nos revela el mundo interior del protagonista, su descubrimiento existencial. ¿Es el viaje físico, en realidad, un pretexto para contar el viaje interior que este realiza?
-El viaje que relata Los pájaros, es un viaje metafísico, el relato de un cuerpo fundiéndose en la inmensidad del salar. El momento en el que una singularidad se funde en la totalidad es un concepto un tanto dionisíaco, que permite nombrar, sugerir, esa dimensión más espiritual de lo humano.
-¿De qué modo te desafía hacer un unipersonal a diferencia de compartir el escenario con otros intérpretes?
-El unipersonal tiene el desafío de construir sentido a partir del encuentro de un cuerpo y un espacio determinados. Dicho encuentro, en el caso de Los pájaros, se propone invitar al espectador a una forma de comunicación muy íntima, transparente, donde un grupo de personas puedan, en un encuentro, rozar ‘lo uno’ de lo colectivo. Algo muy difícil, que a veces nos sale, ¡jaja!

-A la hora de actuar, ¿qué espacios particulares de desarrollo te proporcionan el teatro y el audiovisual?
-La característica del teatro es el presente. Actores y espectadores en un mismo espacio y en un mismo tiempo, sin nada que intermedie entre ellos. En su esencia hay algo del orden de lo trágico, en el sentido de un momento que no volverá a suceder. Hay, para el cuerpo del actor, una experiencia casi ‘deportiva’: un cuerpo expuesto a responder en ‘ese’ momento con toda su energía. En el audiovisual, la cámara es quien oficia de intermediario entre el actor o la actriz y quien será luego el espectador. Cada uno desde un presente distinto. El audiovisual contiene la potencia de lo colectivo, y el resultado final es la mezcla de diferentes voluntades decidiendo sobre un mismo objeto. El actor tiene que ser consciente del trabajo que debe hacer para entregar esa pieza en bruto que se amalgamará con otras piezas, en pos de un resultado final común, que es la película.
-A un año exacto de su estreno, ¿cómo viviste en lo personal el fenómeno que generó “Puan”?
-La experiencia de Puan fue positiva en todos los sentidos. Desde tener la posibilidad de protagonizar un personaje tan complejo y rico en matices, a formar parte de ese hermoso proyecto con un equipo de cineastas, dirigidos por Benjamín Naishtat y María Alché, que permitió la realización de la película. Al día de hoy continuamos disfrutando de la cantidad de reconocimientos que sigue cosechando.
-¿Qué reflexión te merece el hecho de que su llegada a las salas haya acontecido de forma paralela a lo que ocurría en relación al debate por la defensa a la educación pública?
-Eso es algo producto del azar. Ninguno de nosotros imaginó que cuando la película se estrenara iba a darse una coyuntura política tan particular. Pensá que su guion fue escrito muchos años antes del estreno. Esto hace que una película de ficción, frente a los acontecimientos actuales se asemeje, lamentablemente, a un documental.

-¿Sos buen espectador de teatro y de cine?
-Trato de despojarme de todo preconcepto o prejuicio personal cuando voy a ver algo. Intento conectar con la propuesta de la manera más inocente posible, sin dejar que mis propias lentes delimiten el contenido de lo que veo. Trato de ser un espectador que acepta la invitación que le fue dada, el tema gustos es algo subjetivo, de segundo orden. No se trata de que me guste o no, sino de que el encuentro se dé, suceda.
-¿Deben ser nuestros escenarios y pantallas un espacio de resistencia en estos tiempos?
-En principio, un espacio de arte tiene en su ADN plantear otra mirada, otro punto de vista para ver las cosas; es un gesto que interpela la mirada del receptor. Con respecto a nuestro presente, este es un momento político particular donde, desde el poder, pareciera construirse un ‘enemigo’ que está en aquellos que creen en los espacios públicos, en lo común, en lo colectivo. Y el campo de la cultura, como tantos otros, por su relación con estas ideas, muchas veces es señalado por ese discurso. Una sociedad que aspire al arte, que se acerque a las inquietudes que toda obra propone, está invitada a construir pensamiento, a multiplicar miradas, ideas, y esto no es menor. La discusión de cómo el Estado administra recursos en determinadas áreas de la cultura es válida, pero no se resuelve con el cierre de dichas instituciones o a partir de la demonización de estas.
