Actor, productor y director, Mauro J. Pérez forma parte del equipo de gestión del teatro El Método Kairós y también integra el equipo responsable de su programación. Además, actualmente actúa en «El juego de la silla» y «Sería una pena que se marchitaran las plantas». Hoy nos cuenta en primera persona cuáles son los desafíos de gestionar una sala en el contexto actual.
Texto: Mauro J. Pérez. Fotos: gentileza prensa.
Cuando ingresé a la EMAD nunca me imaginé produciendo una obra de teatro; dirigir ya me generaba cierto vértigo, producir ni hablar. Pero lo que menos esperaba era terminar gestionando y programando una sala. La diferencia entre producir una obra y programar una sala es enorme. Producir una obra independiente tiene algo muy lindo, que es armar un equipo, imaginar un proyecto desde cero y acompañarlo hasta que finalmente sucede. Programar una sala suma otro nivel de complejidad, porque implica pensar una identidad, una mirada más amplia, una comunidad artística y cómo sostener un espacio vivo de manera constante.
En ambos casos hay algo en común: la búsqueda permanente de equilibrio entre el ideal que uno tiene y los recursos reales con los que cuenta. Es una balanza entre lo que soñás y lo que efectivamente podés hacer. Y, por supuesto, nada de esto se construye en soledad. Tuve la suerte de que los fundadores de El Método Kairos confiaran en mí para continuar con su legado, y también en mis tres socios: Brigitte Torres, Camila Osa y Samir Carillo. Sin ellos y sin el trabajo colectivo, todo esto hoy sería imposible.
El teatro independiente siempre tuvo dificultades, pero hoy atraviesa un momento especialmente complejo. Vivimos una época en la que la cultura está cada vez más relegada, donde se intenta instalar la idea de que el pueblo no la necesita. Aun así, el teatro independiente sigue siendo un refugio vital para actores, directores y dramaturgos. Es el espacio donde se puede experimentar, arriesgar y decir cosas que muchas veces no tienen lugar en el circuito comercial u oficial. Y no solo es importante para quienes lo hacemos, sino también para el público. Hay una búsqueda de contenidos más cercanos, más humanos y comprometidos con la realidad, además de la posibilidad de acceder a espectáculos con entradas más accesibles.

El teatro independiente no solo resiste: sostiene una forma de hacer cultura viva, directa y cercana a la gente. Un “estilo” en la curaduría de una sala, desde mi experiencia, no se construye desde la uniformidad, sino desde la diversidad. Mi mirada curadora parte de la variedad de lenguajes y propuestas, siempre pensando en el público al que nos dirigimos. Creo que una programación rica es la que puede convocar todos tipos de publico. Esa amplitud es una de las mayores fortalezas que puede tener una sala. La diversidad no solo enriquece la programación, sino que también construye comunidad: genera un espacio donde distintas personas pueden sentirse representadas y convocadas, y eso hace que tanto la sala como las obras se recomienden y se sostengan en el tiempo.
Con Ivor Martinic venimos trabajando hace tiempo y en esta oportunidad le propuse hacer una nueva versión de Sería una pena que se marchitaran las plantas. Aceptó enseguida, y sentí que era un contenido que tenía que estar en nuestra sala. Así se formó la primera producción de Kairos en esta nueva gestión. Llamé a Samir Carillo para ofrecerle la dirección, porque nadie mejor que él podía llevar adelante esta versión, y así fue. Para esta nueva etapa de Kairos, es un honor poder producir Sería una pena…, y para mí, además, poder actuarla es un verdadero lujo.
Sería una pena que se marchitaran las plantas empieza su segunda temporada el 7 de febrero y se presentará los sábados a las 20.30 en El Método Kairós, El Salvador 4530. Entradas por Alternativa Teatral.
