El director y dramaturgo uruguayo llegó a Buenos Aires para presentar «Tierra», su última creación en la que aborda el duelo por la pérdida de su madre.
Por Diego Jemio. Fotos: Nairí Aharonian (Gentileza Prensa del Complejo Teatral de Buenos Aires).
Sergio Blanco es un referente mundial de la autoficción. En este momento, hay unas 90 representaciones de sus obras desparramadas en el mundo. Además de dramaturgo y director, el uruguayo radicado en París trabaja en la investigación y el desarrolló teórico de ese género literario en el teatro. Cada estreno de su obra es un suceso. Y Tierra no fue la excepción. La obra, que se estrenó en Uruguay el año pasado y acaba de llegar al Teatro San Martín, aborda el duelo por la muerte de su madre, la profesora de literatura Liliana Ayestarán, y de tres de sus alumnos quienes también llevan la marca de otra muerte cercana.
En una extensa entrevista con Todo Teatro, Blanco habla de la construcción de la obra “como una forma de continuar el diálogo con mi madre” y de las razones del fenómeno de la autoficción, que tiene tanta aceptación en Buenos Aires y en muchas ciudades del mundo.
–En la novela «La invención de la soledad”, Paul Auster comienza hablando del momento de la muerte de su padre. Dice que comenzó a escribir para no olvidarse de él. ¿Cuándo comenzó tu construcción de esta obra, que se realizó a partir de la muerte de tu madre?
-Qué maravilla eso que dice Paul Auster, un autor que me parece extraordinario. Yo empecé unos meses después de la muerte de mi mamá. Ella falleció en junio del 2022 y yo empecé a escribir esta obra en enero de 2023. Hubo un tiempo que yo necesité pasar; no quería escribir bajo el imperio de la emoción, como aconseja Horacio Quiroga. Es un consejo muy sabio. Sin lugar a dudas, lo que impulsó la escritura de este texto es lo que dice Paul Auster sobre cómo combatir el olvido.

–Escribir para no olvidar…
-Quizá la escritura como una forma de reencontrarse o reconectarse con la muerte, con los muertos. Es una obra que más que de la muerte habla del duelo, de lo que viene después de la muerte. Yo quizás hablé más de la muerte en El bramido de Düsseldorf.
–La pregunta que flota es qué lugar le hacemos a nuestros muertos, sean cercanos o lejanos.
-Sí, San Agustín dice una cosa hermosa; dice que las palabras fueron inventadas para que podamos dialogar con los muertos. Yo creo mucho en esa maravillosa frase. La literatura y la escritura son actos de resistencia a la muerte. Yo puedo dialogar con un poema de Emily Dickinson, puedo dialogar con Borges a través de sus textos… Entonces, sin lugar a dudas, la escritura de este texto es una forma de continuar ese diálogo con mi madre.

–¿Cómo fueron esos meses posteriores a su muerte cuando, finalmente, te sentaste a escribir?
-La escritura siempre es un momento muy particular, muy intenso y de mucha concentración. Yo disfruto mucho del acto de escribir; si bien es un acto que a veces puede ser cansador, agotador y hasta doloroso. A veces la gente desconoce que la escritura -una sesión de nueve, diez horas de escritura- significan también un dolor muscular, del cuello, las cervicales. Uno escribe con el cuerpo también, ¿no? Sí tengo el recuerdo de un invierno muy frío en mi apartamento en París. Recuerdo ese momento de mucha concentración, pero no lo asocio al dolor; justamente, la escritura me permitía aliviar ese dolor. Ese es el efecto terapéutico que tiene la escritura.
–Bueno, para empezar, la disciplina requiere no tirarse a llorar, ¿no?
-Claro, sí, exactamente. Por eso lo que hablábamos recién: no escribir bajo el imperio del dolor, de las emociones, sino tomar más distancia de la muerte. Es algo tan tremendo, algo tan grande, que lleva un tiempo muy personal y relativo.
–¿Escribís con cierta rapidez?
-El procedimiento de mi escritura siempre es muy rápido. Escribí la obra en unas semanas. Después viene el trabajo de reescritura, que es más complejo todavía que la escritura. Ahí sale todo; esa escritura baja de pronto y fíjate tú que en ningún momento fue dolorosa, desgarradora, triste o melancólica. Fue exactamente al contrario. Me permitió esto que dice San Agustín: poder dialogar con los muertos.

–¿Cómo fuese ese reencuentro con la madre muerta en la escritura? ¿Qué encontraste ahí?
-A mi entender nunca hay que cerrar el duelo. El duelo se inscribe de por vida, nos acompaña en el sentido más bello del dolor. No estoy haciendo una apología del sufrimiento, que es algo que hay que combatir. Hablo de un espacio donde se activan cosas muy bellas, de recuerdos, de momentos tristes a veces. Yo creo que no quiero desprenderme de ese dolor porque es muy noble; es el dolor de revivir, de recordar, de extrañar. Todos esos son fenómenos, a mi entender, muy nobles y muy interesantes de la experiencia humana. No hay que erradicarlos o quitarlos.
–Leí en una entrevista que dijiste que el teatro está muy vinculado con la muerte. ¿Podés ampliar un poco la idea?
-El teatro y la muerte están muy vinculados. Es un espacio donde se conecta lo vivo y lo muerto; un personaje que no existe -que no es y que existió- de pronto se encarna en un actor que sí existe y que está acá. Dudo que haya alguien que quiera dedicarse al teatro que no se cuestione la idea de la muerte. En una escuela o universidad de teatro se hacen tragedia griega, barroco o incluso un sainete. Todos trabajan con la muerte.

–Si se revisa la cartelera porteña hay varias obras de biodrama o autoficción. ¿Por qué pensás que el público se siente tan identificado con estas propuestas?
-Creo que la autoficción sirve en esta época porque nos reconecta con la dimensión de la singularidad en un mundo en donde todo se industrializa, todo se masifica y todo se licúa. La sociedad de consumo nos empuja a un egocentrismo insoportable de un yo que se mira a sí mismo en un encierro que lo aísla del mundo. La autoficción propone otra forma de abordar el yo; eso es partir de la singularidad pero para conectarme con la comunidad. Es decir, es un yo humilde, es un yo que se está exponiendo en un acto generoso para decir: “Bueno, yo presto mi historia, una parte de mi historia, para hablar de temas en los que estamos todos reflejados”. El yo de la autoficción no es el yo que se encierra en la autocontemplación sino que es un yo que se abre a los demás. Yo siempre insisto en esa imagen de partir de mi lágrima pero para hablar del diluvio. Recuperar ese yo es algo que le hace mucho bien a la gente, entender que mi pequeña historia puede conectar con la gran historia porque el yo de la autoficción se escribe en ese principio humanista.
–¿Qué significado tiene para vos el hecho de estrenar en la Argentina en un teatro público? Te lo pregunto en un momento en el que el rol estatal está tan menoscabado.
-Es emocionante. Generalmente, mi teatro suele mucho estar en el circuito de lo público, aunque también he trabajado en el privado. El teatro reconoce muchos circuitos: el público, el privado, el underground, el experimental, el comercial… Está bien porque cada uno tiene su propia poética y cuantas más poéticas haya mejor. Quizás yo me manejo más en el mundo de lo público y lo defiendo porque lo privado puede defenderse por sí mismo. Lo público hoy en día está muy en peligro no solamente en Argentina sino en el mundo entero. Me refiero a un mundo que cada vez se privatiza más, que lleva a las personas a encerrarse o reduce el ser humano a ser un objeto de consumo. Se ponen en peligro los espacios públicos como los teatros, los museos, las escuelas y la salud. Defiendo mucho lo público porque el ser humano es una construcción pública; el ser humano no es una construcción privada y la comunidad funciona por medio de lo público sin tomar que lo privado sea el enemigo. Yo soy un gran defensor de lo público.
Tierra, escrita y dirigida por Sergio Blanco, cuenta con la actuación de Andrea Davidovics, Sebastián Serantes, Soledad Frugone y Tomás Piñeiro. Realiza funciones de miércoles a domingo, a las 20.30, en en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín (Avenida Corrientes 1530). El precio de la platea es $12.500. Entradas en la boletería del teatro o en la web del Complejo de Teatral Buenos Aires.
