Los días perfectos, dirigida por Daniel Veronese, es un monólogo en el que el actor interpreta a un hombre desesperado por salvar su matrimonio mientras se sorprende y deleita al descubrir la relación que tuvo el ganador del Premio Nobel, con una amante en los años ’30.
Texto: Sandra Commisso/ Fotos: Mauricio Cáceres/ Prensa
Los laberintos del amor son insoldables. Por eso, Luis, el protagonista de Los días perfectos, llega al Centro de Documentación de Texas, en busca de información sobre el Watergate y termina encontrando un tesoro inesperado: las cartas que el escritor estadounidense William Faulkner le enviaba a su amante, Meta Carpenter, durante los años ’30. Pero ese descubrimiento no solo lo fascinará por acceder al mundo íntimo del Premio Nobel de Literatura; además, lo llevará a un viaje introspectivo de su propia relación de pareja con Paula, su mujer desde hace 17 años y madre de sus hijos.

En la obra protagonizada por Leonardo Sbaraglia, en la Sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes, las cartas escritas por Faulkner son la punta del ovillo para que el hombre que está frente a ellas, haga su propia búsqueda y repase toda su vida junto a la mujer que ama y que está muy lejos, en su casa en Buenos Aires. La distancia no sólo es geográfica, también es temporal, teñida por los recuerdos y las interpretaciones de aquello que vivieron juntos pero que, muy probablemente, recuerden de modos completamente distintos.
Basada en una novela del español Jacobo Bergareche, está adaptada y dirigida por Daniel Veronese, en un collage de emociones, propias y ajenas, un vaivén de sensaciones que el protagonista comparte de manera muy directa con el público. La versión de Veronese está muy bien entretejida como para permitirle un tono local a la historia y a la vez, sostener su ineludible universalidad.
Los días perfectos ya tuvo un paso por España donde Sbaraglia tiene ganado su lugar como intérprete y, según el propio autor de la obra, el personaje le cuadra perfectamente. Su recorrido en el escenario lo lleva a mostrar un arco más que interesante por el que transita su personaje: desde la desesperación hasta la duda por saber siquiera si su mujer aún lo estará esperando y, por otro lado, la felicidad de algunos recuerdos que sostienen la esperanza de que el amor, aunque un poco desgastado, aún no está desecho.
Con una escenografía a cargo de Alberto Negrín, que suma elementos audiovisuales, donde se pueden ver los manuscritos de Faulkner, la puesta juega a zambullir al espectador en ese ida y vuelta entre el hombre común que habita el escenario (un periodista en busca de una buena historia) y aquel genio literario que deslumbró al mundo (con otro tipo de historias) pero que, en su intimidad, estaba tan feliz, primero y tan desgarrado después, como cualquier mortal.
Además de las cartas, el hallazgo de unas viñetas dibujadas por el propio Faulkner, describiendo situaciones mínimas de la vida cotidiana con su amante, despiertan sorpresa y hasta ternura porque dan cuenta de que «los días perfectos» que quiere recuperar el protagonista, son los mismos para todos: apenas destellos de felicidad salpicados en una charla, en compartir una puesta de sol, una caminata por la playa o simplemente por dormir abrazados.
El texto adaptado y dirigido por Veronese y la interpretación de Sbaraglia que, de a ratos parece comerse el mundo y de pronto, se hace un ovillo frente a su desazón, constituyen un bloque sólido donde la estética y la destreza teatral están exactamente donde tienen que estar: en la ruta de un personaje en su intento por recuperar lo perdido a quien el público acompaña para descubrir a un hombre que se fue transformando a lo largo de la obra: porque algo en su estructura se tambaleó y ya no será el mismo.
En palabras del propio Veronese, la historia sobre el amor y el desamor que escribe originalmente el autor español es: «una de esas crónicas que peligrosamente se vuelven propias, que producen empatía, afinidad al instante. Porque ¿quién no teme perder lo más valioso que posee?, ¿quién no ambiciona recuperar lo perdido?, ¿quién no desea volver a vivir esos días en los que la existencia se sentía plena y la felicidad posible?». Y quién mejor que alguien con todo su oficio en la dirección para guiar a ese intérprete solo y descarnado en cada escena, con los hilos invisibles sutilmente tejidos, y así bucear por sensaciones contradictorias con dosis justas de emotividad, humor y desconcierto, que transforman al escenario en un pedazo de mundo en el que todo puede suceder.
Los días perfectos tiene funciones de miércoles a domingos, a las 21, hasta el 1 de febrero en la sala María Guerrero del Teatro Cervantes, Libertad 815.
