Entrevistas

Juan Tupac Soler: «Actuar es una profesión que se nutre de todo»

El actor, dramaturgo y director, con tres obras en cartel actualmente, reflexiona sobre su oficio, repasa su trayectoria y también su experiencia haciendo cine y publicidad.

Texto: Maxi Curcio. Fotos: Martín Dichiera y Mauricio Cáceres.

Existen varios Tupac del pasado que dialogan con el del presente. Al menos eso dice de sí mismo el prolífico intérprete teatral, quien se anima a dar un gran paso en su trayectoria asumiendo la dirección de Poético sería tirar una pared y que estés vos del otro lado. Imparable en su labor, ahora disfruta del oficio en Flores muertas en el Teatro Nacional Cervantes y del prolongado éxito de La teoría del desencanto en el Método Kairós. Acostumbrado desde temprana edad a armar show, la magia a la que hoy recurre tal vez sea distinta a la de otros tiempos, pero sigue siendo magia al fin. Entendiendo que el teatro es una experiencia colectiva, porque es con otros, Juan Tupac Soler se revela como un incesante inventor que, aunque sea por puro cliché se dispone a jugar un rato; más no sea para confirmar que se está vivo. Su entusiasmo no es poca cosa bajo las reglas que impone el mundo dónde nos toca vivir: cada proyecto que emprende traduce la plenitud de un artista que vive por y para los escenarios.

-¿Cuál es tu primer recuerdo actuando?
-Actúo desde muy chico. Los recuerdos son muchos, algunos más claros, otros más difusos. Mi primera clase de teatro fue a los 8 años, en el colegio, en un taller extracurricular que había por la tarde. En ese horario de la clase de teatro, el colegio era otra cosa. Digo, ese espacio era otro. Todo lo que tenía de colegio desaparecía, por el horario, la ropa, hasta por cómo nos apropiábamos del aula. Siempre fui de esos que se sumaban a cualquier acto a hacer cualquier cosa. Hoy, a la distancia, veo que ensayar es algo que me gusta desde antes, sin haberme dado cuenta. Mis recuerdos más lejanos son esas muestras de teatro que hacíamos. Laburábamos un montón y como toda muestra, era algo que se llevaba a cabo en un día. Pero se esperaba todo el año para que eso suceda. En paralelo me gustaba mucho la magia. Y me aprendía muchos trucos, leía libros, consumía magia. Me parecía fascinante. Uno de mis primeros recuerdos actuando era eso… armar shows de magia, para la familia, en algunos cumpleaños, reuniones, y esas cosas. Nunca más hice eso, pero hay algo de esas primeras experiencias de ‘armar show que dialogan mucho con el Tupac de hoy. Otra magia es la de hoy, pero magia al fin. Después vino la formación actoral más académica. Algo necesario. Tengo los recuerdos más hermosos y desopilantes de esos tiempos.

La imagen actual no tiene texto alternativo. El nombre del archivo es: roman-flores-muertas.jpg

-¿Cuándo te sentiste por primera vez respaldado, validado, en tu vocación?
-No sé. Ni si quiera sé si hoy estoy respaldado. Soy un trabajador, como todos y todas. Un trabajador independiente (por lo propiamente dicho de la palabra independiente). Creo en la constancia. Confío en lo que hago, y le dediqué -y dedico- mucho tiempo de mi vida a esto. Validado me sentí siempre. Por mí mismo. Digo, desde un lugar de caradura también, de auto decirme ‘arriesgá y probá’. Algo bueno tenía que pasar. Para mí la formación fue súper importante también. La EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático) donde me formé, fue fundamental. En lo artístico, en lo humano y en lo político. Dicha escuela depende del gobierno de la ciudad y sinceramente no sé si hubiera podido tener una formación tan completa, si no era por medio de la educación pública.

-¿Te fuiste armando de recursos y herramientas para respaldar eso que hacías un poco intuitivamente?
-Sí y esas herramientas que transité e incorporé en esos años de cursada, fueron fundamentales para ser la persona que soy hoy. También tuve la suerte de tener docentes muy interesantes, con los que simpaticé mucho, y donde siempre el eje del trabajo pasaba por el encuentro colectivo, y ahí radica una mirada fundamental de mi manera de ver el teatro hoy. El encuentro colectivo, valga la redundancia. Donde es con otros, o no es. Y colectivo porque es con otros, no porque sea de a muchos. Creo que esos docentes y el grupo de compañeros que tuve en esa época, fueron un poco el empujón y la fuerza que hicieron que hoy me encuentre donde estoy. Como todo trabajo, hay que seguir. Buscando, creando, pensando. No creo que haya un momento donde uno diga “bueno ya está, listo, hice todo”, o por lo menos en esto. Creo que es infinito. Eso es lo lindo.

Soler en una escena de «Mi hijo solo camina un poco más lento»

-¿Qué representa para vos participar de “Flores muertas”, actualmente en cartel en el Cervantes?
-Primero y principal es una gran alegría estar en un teatro tan emblemático. Hace años que voy a ver obras al Cervantes. Siempre, variando sus gestiones, ha tenido obras maravillosas. Son esos teatros donde es un ritual de por sí ir a ver algo. Flores muertas, de todas maneras, es un texto que me llegó hace bastante tiempo. Natalia Villamil (autora y directora) hace mucho que tenía en mente hacerla. Por lo cual, me la propuso hace bastante, y siempre me pareció un material muy atrapante. Mi personaje (Román) me parecía algo muy divertido de jugar. Ya en la escritura había un ser extraño, querible pero un poco desagradable a la vez. Y eso es divertido para mí, una actuación con tantos lugares a habitar y con tantas contradicciones. Eso es lo lindo de como escribe Natalia, genera personajes emocionalmente tridimensionales.

-Actuar en el Cervantes ¿te da algo de esa «validación» que otorgan algunos espacios?
-Estar en el Cervantes es algo hermoso. Es de esos espacios que hace tiempo quería habitar. En pandemia tuve la suerte de trabajar allí pero fue otra experiencia ya que era teatro filmado, por el contexto que se vivía. Encima, actualmente, estamos en la sala Orestes Caviglia, donde el público está muy cerca nuestro, y eso me parece que hace todo más interesante. A veces, en la vorágine del día a día, uno se olvida a dónde está yendo a trabajar… yo cada tanto me digo ‘estás yendo al Cervantes’ y sonrío. Sobre todo, en este contexto, donde todo está muy difícil, donde hay compañeros y compañeras que no la están pasando para nada bien, poder ocupar estos lugares, habitarlos, cuidarlos, defenderlos, respetarlos, hacerlos ver, es un privilegio, una alegría y una lucha necesaria. También vale rescatar que el grupo es hermoso. Suena medio naif, pero realmente, hay algo de la fuerza de la obra que es el grupo que armó Natalia Villamil. Hay un juego, una alegría de estar juntos, dónde todo el tiempo estamos ansiosos a entrar a la cancha, a ver qué pases nos hacemos y que goles metemos. Querer estar con la gente con la que compartís lo que estás haciendo, es clave. Por ahora me pasa siempre esta sensación. Creo que ahí hay un secreto.

-¿Qué te llevó a comprometerte con un proyecto tan maravilloso como “La teoría del desencanto»?
-El proceso de La teoría… fue hermoso. Todo el grupo de la obra éramos compañeros de la Diplomatura en Dramaturgia del C. C. Paco Urondo (UBA). Nos conocimos ahí. Julieta Otero (autora y directora) escribió este material en el último taller de la diplomatura. En cada clase íbamos leyéndola, y era maravilloso ver por dónde Juli abría nuevos mundos. Ya en la lectura había algo que funcionaba. Quizás, como ella es una gran actriz también, se notaba en la escritura un tono de actuación muy claro. El trabajo fue largo, pero lo que había que hacer era dejarse tomar por la situación y jugarla entre nosotros. Porque la dramaturgia de Julieta ordenaba todo, dentro del caos que es la obra. Cuando ella la terminó de escribir, nos ofreció hacerla. Fue una gran alegría, pero también era muy interesante ir a ensayar habiendo conocido toda la cocina de su escritura. Ahora hace bastante que estamos en cartel. Nos alegra que siga gustando. Es una obra muy fuerte, muy intensa, personajes muy extremos, una masculinidad poco aceptada en el hoy, pero por suerte es ficción y también para eso está. Para reflexionar sobre el hoy. Si no ¿para qué estamos haciendo esto? Es posible que haya mucha gente que no quiera reflexionar sobre el hoy. No les conviene para nada que pensemos. Ese es el problema.

-A diferencia del teatro, ¿qué le da y que le quita a tu oficio actuar en el medio audiovisual?
-No le quita nada. Actuar es una profesión que se nutre de todo. Del cine, del teatro mismo, de la literatura, de los vínculos que uno hace, las experiencias, de la pintura, del deporte, la danza, del ocio…de todo. O por lo menos para mí. A mí, filmar me parece uno de los juegos más divertidos del mundo. En la obra que escribí y dirijo, Poético sería tirar una pared y que estés vos del otro lado, repetimos una frase de Jean-Luc Godard que me encanta. El dice: ‘El cine es el fraude más hermoso del mundo’. Me parece hermosa. Filmar es eso… mientras lo estamos haciendo, hay algo que decís ¡qué papelón!’, pero por suerte la técnica del cine, los montajistas, toda esa magia y esos trucos que tiene lo audiovisual, hacen maravillas. A veces veo cosas que filmé, que me sorprenden a mí mismo, pero porque sé los secretos. En términos de actuación, cada proyecto es un mundo. No sé si el cine es ‘actuar menos’ como se dice hace tiempo. Sí hay una lupa mayor sobre uno. Pero creo que cada proyecto tiene su singularidad, sea cine, teatro. Nuestro trabajo es entender la singularidad de ese proyecto, en diálogo y complicidad con quien dirija y jugar eso. Hay obras en las que he actuado mucho más sutil que en un primerísimo primer plano, y he filmado cosas que han sido de los más teatral que hice. Lo importante es escuchar por dónde hay que ir, y qué hay que prestar para que la cosa suceda. Eso creo yo. Me puedo equivocar, obvio, ¡ja!

-Vuelvo a “Poético sería tirar…”, ¿cómo es este proceso de actuar y pasar a escribir y dirigir? ¿Cómo lo viviste, que nuevos desafíos representó?
-La escritura llegó como una especie de rescate en un momento donde me estaban pasando muchas cosas a la vez. Fue, es, y será un refugio más de los que me invento para sobrevivir. Apareció en un momento que necesitaba un respiro de la actuación. Pero obviamente escribo cosas con un fuerte potencial escénico y la verdad, no sé si conozco muchas más variantes a la hora de crear. La dirección medio que apareció en función de hacerme cargo de ese potencial que tienen los materiales que voy escribiendo. Me doy cuenta con el tiempo, que lo que me gusta es crear con otros. El texto es una excusa, un punto de partida, y de ahí empezamos a tirar de un hilo que termina creando el mundo, la historia, que queremos contar. Los materiales que escribo los termino, por ahora, montando con amigos, y eso para mí también es clave. Juntarme con las personas con las que simpatizamos y compartimos la mirada de lo que hacemos. Tanto mi primera obra Un tren chocó contra otro tren y esta segunda, son obras que crecieron mucho dramatúrgicamente por el encuentro con mis amigos y amigas actuantes y también con los y las asistentes. También, de pura casualidad, ambas obras fueron co-producidas con las salas donde se estrenaron. Tanto Casa Estudio, como Savia Cultural, fueron dos espacios que ayudaron a la co-producción y por ende, a la concreción de estas obras. Y rescato esto porque son todas las partes las que necesitamos remar para el mismo lado para que la cosa funcione. Y eso se agradece, siempre.

-¿Cómo fue tu tránsito por el mundo de la publicidad?
-Empecé con la publicidad bastante rápido. Mientras cursaba en la EMAD tuve la suerte de hacer algunas. No era algo que me encantaba, pero económicamente me salvaba mucho, sobre todo para esa época de estudiante. Tengo mis contradicciones, pero es un trabajo más. De a poco, me pude amigar un poco más con el formato y lo que demanda este tipo de trabajos. No sé si el eje y lo primordial está en la actuación. Pero yo intento que sí. Sobre todo, para no aburrirme, y porque creo que estamos en una época donde se puede crear hasta en lo más mínimo. También, con el tiempo, me han surgido comerciales donde hay un poco más de juego actoral.

-En definitiva también se trata de actuar, ¿no?
-Creo que el mayor entrenamiento que tiene este tipo de formato/producción, es que hay que ponerse ahí en el plano y resolver, proponer, ser bastante efectista, y creo que eso es lo complejo. Las propuestas a trabajar suelen ser creaciones imposibles. Pero con el tiempo encontré un disfrute en eso, de decir ‘che, esto que me piden es imposible, pero bueno, intentémoslo’. Me relaja saber que la cosa va a salir mal, pero no para hacer la plancha, sino por no tener la presión de que hay que hacer las cosas bien, porque como es ‘imposible’ el pedido, la cosa no va a salir bien… pero algo va a salir.

-¿Dónde radica el verdadero valor de actuar?
-En el encuentro con les otres. En ese espacio específico, en ese tiempo específico, con ese material específico, con esos seres humanos con los que lo vas a hacer algo.

-¿Cuál es la mayor inseguridad para un actor?
-Las inseguridades son humanas y singulares. Mi mayor inseguridad es no poder pagar el alquiler. Lo digo en serio. Y de eso habla mi obra Poético sería…. En términos técnicos, es como el deporte. El partido lo podemos perder, hay una inseguridad, pero uno con el tiempo se entrena para defender el partido pase lo que pase. Yo intento, cuando actúo, no pensar mucho en las inseguridades, y agarrarme de lo seguro. Ensayar es eso para mí, con todas las variantes que puede tener un hecho escénico. ¿De qué nos agarramos para que suceda? Si hay de dónde, uno puede arriesgar artísticamente con más seguridad. Cuando dirijo hago algo parecido. Invento una serie de cosas, juegos, recursos escénicos, textos, para que el actor pueda hacer pie, y que ese hacer pie sea un trampolín para la creación del actor. Y no un simple lugar donde quedarse parado y seguro.

El elenco de «Flores muertas» en el Cervantes.

-¿Y el mayor privilegio de subirse a un escenario?
-Confirmar estar vivo. En una era en dónde no estamos casi nunca en el presente, desde mi mirada, estar sobre el escenario es estar lo más presente posible. No hay ningún problema cotidiano, por lo menos por un rato. Jugar. Un cliché. Pero es así. Hay lugares y situaciones del día a día, donde me siento medio muerto. El mundo y el sistema nos quiere así. Les viene bien que seamos funcionales y automáticos. Por ahora actuando no me pasó nunca. Veré qué hago cuando me pase eso. Pero siento que es eso, una confirmación de existencia plena. Y todo en función de querer llenar un vacío, que vaya uno a saber si algún día lo vamos a llenar.

-¿Qué inquietudes nuevas descubrís ante cada estreno?
-Estrenar es muy difícil. Hay todo un trabajo, que después los espectadores vienen, lo ven y parece todo tan fácil. Cada obra es un mundo, por ende, siempre se descubren cosas nuevas, pero porque no se puede evitar. Las personas, los textos, los teatros, en cada obra juegan de una manera distinta. Si todo fuera siempre igual, sería un embole. A mí me atrae eso de esta profesión, no poder repetir ninguna receta. Así todo, con el tiempo, intento que el estreno sea una continuidad de algo, sobre todo de los ensayos. Con el tiempo me sirvió pensarlo así. Como algo de ‘venimos de los ensayos, y hoy viene gente a verlo’. Decirlo es facilísimo, lo complejo es lograrlo. Por suerte vengo trabajando con gente que antes de estrenar ya mete algunos espectadores intrusos a ver los ensayos y eso hace que el estreno no tenga el peso tan tajante que parecería que tiene que tener. Porque a la vez, no termina nada con el estreno, todo lo contrario. Se sigue. Es realmente infinito el trabajo, y como es todo tan humano en esto que hacemos, estamos ajustando cosas función a función, sino la cosa se descarrila y la obra muere.

-¿Qué se oculta detrás de cada máscara y de cada personaje?
-Un yo que no conocía.

-¿Qué teatro te gusta ver como espectador? ¿Con qué frecuencia lo hacés?
-Veo teatro todo el tiempo. Hace años que lo hago. Cuando iba a la EMAD, los profesores que tuve nos incentivaban mucho a ir a ver obras. Ahí entendí que había algo bastante clave. Me encanta ver, no sólo por el mero entretenimiento, sino también para seguir pensando y estudiando lo que hacemos. Como todos los profesionales, que siguen investigando e indagando en lo que ejercen. Acá es lo mismo. Esto no quiere decir que me guste todo el teatro que hay. Pero sí que me da curiosidad. A veces veo más porque estoy con menos funciones. Y me parece clave estar en contacto con lo que está pasando en la contemporaneidad. Vivo en Buenos Aires y hago teatro en esta ciudad, en este 2025. Me parece muy importante entender que está pasando en el hoy, principalmente en el teatro, pero creo que también es importante en la música, el cine, la plástica, la danza. Todo. Creo que, si nos quedamos sólo con el teatro, la cosa se agota. Me gusta ver obras donde te das cuenta que los que la hicieron tienen un interés por otras manifestaciones artísticas.

Flores muertas: funciones de jueves a domingos a las 21 en Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815.

La teoría del desencanto: Miércoles a las 21 en el Método Kairós, El Salvador 4530.

Poético sería tirar una pared y que estés vos del otro lado: Viernes a las 20.30 y sábados a las 22.30 en Savia Cultural, Jufré 127.

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