Formadora de decenas de actores y actrices, es una de las maestras de actuación más reconocidas del medio. Cuenta cómo fue su recorrido hasta hoy y cuál es el método que todos elogian.
Texto: Muriel Mahdjoubian. Fotos: Andrea Asís.
“Quería terminar rápido la escuela porque sentía que tenía que hacer muchas cosas, principalmente ayudar a la gente”, recuerda Nora Moseinco, maestra de actuación de una camada de grandes actores y actrices que la citan como referente fundamental en su formación. Entrenó a más de una generación de intérpretes: Justina Bustos, Mariana Chaud, Martín Piroyansky, Inés Efrón, María Alché, Violeta Urtizberea, Julieta Zylberberg, Iair Said, Lucía Maciel, Paula Grinszpan, Marina Bellati, entre otros tantos. También participó del proyecto televisivo Magazine For Fai, creado por Mex Urtizberea para el canal infantil Cablín. “Yo creía que la gente era más creativa de lo que ellos mismos pensaban”.
Moseinco comenzó de muy joven a enseñar teatro, ya a los diecinueve años tomaba y daba clases en la escuela de Hugo Midón. Con el tiempo creó su propio método de enseñanza que afianzó en sus clases en colegios y en talleres y en 1995 abrió su propia escuela, que también dirige, en el barrio Villa Ortúzar. Su método está basado en «el despliegue del potencial individual”, según explica. En su escuela además de formar a niños, adolescentes y adultos, se capacitan docentes. Sin prisa y sin pausa, está preparando para el año que viene un libro sobre su método de actuación.

–¿Das clases grupales y también hacés sesiones individuales?
-Sí, trabajo mucho con las individuales, con actores, autores y directores de acá y del exterior. Cada vez más me doy cuenta que mucha gente sufre esta profesión, porque tiene mucho que ver con la exposición y para eso hay que trabajar mucho con uno mismo. Pienso que hay que soltar un poco la idea de que tienen que pasar cosas para poder disfrutarla. Ser el elegido o el excluido es muy cruel.
–Fuiste formadora de muchos actores y actrices que trabajan y son reconocidos en el medio, ¿qué buscás transmitirle a tus alumnos?
-Cuando yo trabajo con alguien que me pide una sesión individual para un casting siempre le digo que hay que tocar el punto donde nos de alegría el encuentro en sí . No tiene que ver con el casting, sino con que se volvió un hecho artístico, o sea la idea de qué haces algo para un resultado, por más que le pongas todo, es una mala idea. Es como que la experiencia del casting: la soltás, tomás otra dirección, no es un casting para lograr algo, sino que con la excusa de la audición, hacés un trabajo actoral. Hay que trabajar la propia apertura. Para mí el deseo de que algo salga bien es un mal deseo. Como alumno, el anhelo de que te vaya bien en una clase es un mal deseo, porque te pone al servicio del ser mirado y la paradoja del actor es que lo que necesita no es ser mirado, sino perder el miedo a la mirada. El actor que está en relación consigo mismo, con su propia libertad y con su propia alegría, empieza soltar la idea de llegar a ciertos lugares, yo trabajo con ese tipo de artistas.
–¿Es muy frecuente que lleguen a tus clases con la idea de un resultado?
-Me pasa todo el tiempo, hasta con actores muy reconocidos que cuando hacen sesiones individuales me dicen: «qué bueno dejar de ser profesional por un rato». Yo, con todos, trabajo esa idea de dejar de ser profesional porque el abandonar eso los hace encontrarse con la pulsión de este trabajo, que es la propia belleza, el juego propio. En determinados momentos la idea de lo profesional te endurece. Hay que soltar la idea de llegar.
–¿Trabajás de manera intuitiva?
-Yo escucho más intuitivamente, porque siempre voy a trabajar con el encuentro con el otro, con lo que es y no con lo que uno quiere.
-Cuando alguien llega con una escena para trabajar, ¿cuáles son los pilares de tu método?
-En general, permito que al principio el actor me muestre lo que imaginó. Para mí tener texto o no tenerlo es igual. Yo no trabajo con comprender un texto, trabajo primero con lo que el actor trae, con lo que él cree que es. Siempre hay que pasar por esa instancia porque cuando uno lee un texto tiene una idea. Lo dejo equivocarse, permito que no empiece haciendo las cosas bien. En las sesiones individuales les pido que antes escriban lo que imaginaron de la escena, y una vez que eso está, lo que hago es ir al encuentro hasta que el material se diluye con algo que ocurre. Es decir, esa idea del encuentro y de lo que ocurre viene de lo que no pensaste, no de lo que pensaste.

–¿Y cómo llegás a eso sin pensarlo?
-Depende con cada uno, yo estoy ahí y lo escucho, lo siento y donde veo que hay una señal de algo que pasó, que no es lo que él controló, me meto ahí. Siempre el tema va a venir por algo que dejaste entrar y no que construiste. No hay que trabajar con el actor diciéndole lo que querés ver. Yo trabajo con algo que al actor lo haga sentir vivo. En general en esa zona, el actor siempre está contento porque es una zona que te relaja, es la zona de no controlar, que no quiere decir de descontrol. Es una área que tenés que dejar que aparezca como director y como actor.
–¿Se entrena esa zona?
-Por supuesto, y se entrena mucho. No es que hay una fórmula, es el deseo de entrenarla cada vez. A mí me pasa que esa zona me da mucho entusiasmo cuando la veo. Nunca me cansa, porque es lo genuino.
–¿Alguna vez te imaginaste que te ibas a dedicar a esto?
-Que me iba dedicar a trabajar en el arte y con actores, sí. Desde que estaba en la escuela primaria sentía que podía ayudar a las personas. De muy joven, a mis diecisiete años, empecé a dar clases. Yo no quería actuar, a mí me gustaba la docencia y la dirección. Siempre me interesó mucho trabajar con los demás.
-A los 15 años ya estudiabas con Cristina Banegas, ¿sabías desde muy chica que te interesaba la actuación?
-Mis padres fallecieron cuando yo tenía dieciséis años. Aunque se fueron muy temprano, el arte en mi casa ocupó un lugar muy importante. Recuerdo que yo le rogaba a mi mamá estudiar baile y actuación, tenía completa claridad de lo que quería hacer. Ellos no eran artistas, pero a mi papá, que era contador público y a mi mamá, que era casi traductora de inglés, les encantaba el arte, lo disfrutaban mucho. En casa era muy valorado el arte y los libros, teníamos una bellísima biblioteca, que para mí era un lugar sagrado. La mejor versión de mi papá es riéndose, yendo al cine o leyendo un libro.
–¿Quiénes fueron tus referentes?
-Estudié primero, con Cristina Banegas, luego fui a la escuela de Hugo Midón, seguí con Ricardo Bartís, Pompeyo Audivert y Guillermo Angelelli. Todos fueron maestros que me atravesaron y me formaron.
–Comenzaste dando clases a niños, ¿cómo fue esa experiencia?
-Sí, fue en las escuelas. Cuando los adultos querían trabajar conmigo decía que no porque a mí me gustaba el lenguaje de los chicos. Ellos se permiten todo y los adultos están llenos de ideas. Me insistieron bastante, y dije que sí, pero con la condición de que pudiera hacer lo mismo que hacía con los chicos y adolescentes.

–¿Qué, sentís cuando ves a todos los alumnos que formaste trabajando tanto ?
-Me da mucha alegría. Y mis alumnos se van cruzando en distintos lugares de trabajo, hay una gran comunidad y un lenguaje en común. Me da mucho orgullo y me siento muy feliz por ellos.
–¿También formas a tus propios maestros?
-Doy formación de maestros y vienen, desde artistas plásticos hasta gente del mundo académico. Me encanta que vengan a formarse como maestros personas que tal vez, luego no se dedican a la actuación. Para mí la clase es un ritual artístico, me emociona más que antes porque es algo en el medio de la velocidad y tiene algo de artesanal, humano y colectiva. Es como la militancia del trabajo en un sentido no ideológico, sino de acción.
–¿Qué cambios ves en las nuevas generaciones de niños y niñas?
-Una persona que se conecta con su profundidad, con sus miedos, con sus emociones y las trabaja es igual hoy que hace unos años, está fuera de la línea del tiempo. Después el contexto o el querer llegar o toda esa idea de éxito rápido, es otra cosa. Yo no trabajo en esa línea. Sigo trabajando igual que cuando yo tenía veinte años. Para mí los maestros y el trabajo con adolescentes y niños es artesanal, despacio y en la permanencia.
–¿Vas frecuentemente a ver teatro?
-Todo lo que puedo. Amo ir, tengo muchas invitaciones, pero no llegó a ver todo, a pesar de que me encantaría hacerlo. Soy una espectadora que se desconecta totalmente. Voy a las obras de mis alumnos y me da mucha felicidad que la gente esté haciendo cosas.
–¿Cómo ves teatro hoy?
-El teatro está más vivo que nunca, Por supuesto los modelos y los valores van cambiando pero sigue siendo completamente necesario y vital.
